Serie: Pensando la pandemia a la luz de las escrituras – Día 5

Posted on: abril 9, 2020 Posted by: Carlos Santos Aguirre Comments: 0

Serie: Pensando la pandemia a la luz de las escrituras – Día 5

2. ¿Cuál debe ser nuestra actitud y ejemplo como cristianos en días de pandemia?

 

2.1 El fundamento de la vida cristiana: el carácter de Dios

¡Bienvenido a la serie bíblica sobre la pandemia! Hoy es el quinto día de la serie (día 5 de 8). A lo largo de estos días vamos a intentar  pensar la pandemia a la luz de las escrituras. Si quieres saber todos los puntos que vamos a tocar cada día pincha aquí Hoy vamos a analizar cuál debe ser nuestra actitud y ejemplo como cristianos en días de pandemia. Más concretamente, se expondrá cuál debe ser el fundamento de la vida de un cristiano. ¡Entremos al tema!

Hace ya algún tiempo atrás, estudiando para una asignatura llamada «filosofía de la religión», leí que uno de esos autores acusaba al cristianismo de exigir al creyente una fe ciega que ignora su propia racionalidad. No recuerdo exactamente dónde, pero eso es lo de menos, ya que tal visión de la religión es una tendencia extendida. De ello, se me quedó grabado el pasaje en cuestión al que se refería para justificar esa postura: «Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron» (Juan 20:29). El razonamiento era el siguiente: Cristo llama «dichosos» a aquellos que creen sin ver evidencias, por ello, se puede concluir que Jesús está premiando la irracionalidad o el fanatismo ciego. Dicho de un modo más vulgar: «mientras más tonto seas, más dichoso serás». Jesús queda representado como un hombre-Dios que premia la fe sin base.

Me quedé pensando durante varios meses en ese versículo y lo que expondré aquí es el recorrido de esta reflexión. Fue Jesús quien le dijo eso a Tomás (el incrédulo), uno de los apóstoles. Este es el pasaje:

«24 Tomás, uno de los doce, llamado el Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino. 25 Entonces los otros discípulos le decían: ¡Hemos visto al Señor! Pero él les dijo: Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no creeré. 26 Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos. Y estando las puertas cerradas, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y dijo: Paz a vosotros. 27 Luego dijo a Tomás: Acerca aquí tu dedo, y mira mis manos; extiende aquí tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente. 28 Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! 29 Jesús le dijo: ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron» (Juan 20:24-29, énfasis añadido).

Si alguien leyera el Nuevo Testamente atentamente, se daría cuenta de que algo no cuadra con esa conclusión que interpreta este pasaje como la exaltación de la fe ciega. Esto lo sabemos porque en otros lugares de las escrituras vemos que el propósito de los milagros era, por un lado, legitimar las palabras de Jesús y, por otro lado, hacer que la gente creyera en Él al ver la gloria su poder.

«30 Y muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de sus discípulos, que no están escritas en este libro [evangelio de Juan]; 31 pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengáis vida en su nombre» (Juan 20: 30-31, énfasis añadido).

Pero ¿no es ese mismo Juan que en el párrafo anterior cita a Jesús diciendo: «dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron»?, ¿no es este mismo Juan el que ha escrito a lo largo de su libro estas señales para que creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios? ¡Sí es este mismo Juan! Es más, al inicio de su libro (o su evangelio), describe lo siguiente acerca del milagro que Jesús hizo en la boda de Caná (convirtiendo el agua en vino): «Este principio de sus señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él» (Juan 2:11, énfasis añadido). El mismo Juan nos dice que al hacer este milagro, Jesús manifestó su gloria (su poder sobre la materia en este caso), y esta señal (el agua convertida en vino) hizo que los discípulos creyeran en Él.  El mismo Jesús confirma esto: «Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan; porque las obras que el Padre me ha dado para llevar a cabo, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me ha enviado» (Juan 5:36). Es decir, las obras que Jesús hace (entre ellas, las señales o milagros) tienen el objetivo de dar testimonio de que Jesús es el Hijo enviado de Dios. Esto significa, como anticipé antes, que sus milagros legitiman la autenticidad de Jesús y nos ayuda a creer en Él porque la gloria manifestada en milagros convence. En consecuencia, los milagros son aquellas señales que manifiestan la gloria de Dios, y esta última es la base de nuestra fe. Es una fe en las señales que legitiman que Cristo es el Hijo de Dios. Es una fe en la gloria de su poder expresada concretamente en milagros. Es una fe en los atributos de Dios, en su carácter.

Pero esto parece no concordar con lo expresado por Jesús arriba: «dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron». Si las señales de Jesús tenían el fin de hacernos creer en Él al ver su gloria manifestada, ¿por qué exalta la fe que no ve? Esta aparente contradicción se refuerza todavía más con lo que narra el evangelio de Mateo: «Y no hizo muchos milagros allí a causa de la incredulidad de ellos» (Mateo 13:58, énfasis añadido). ¿Cómo es posible que la razón por la cual no hizo milagros fuera la incredulidad cuando el propósito de los milagros es precisamente ayudar a los demás a creer?, ¿se nos pide creer para ver o ver para creer?, ¿en qué quedamos? Pero el que cree para ver, ve lo quiere creer. Esto llevado al extremo puede llevarnos a una autoestimulación psicológica que refuerza nuestros mitos o inducirnos a tener alucinaciones… Pero si hay que ver para creer, ¿por qué estos pasajes parecen sugerir que hay que creer para ver?  Con esto no estoy descreditando la fe que se tiene en las promesas de Dios: «11 Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. 12 Porque por ella recibieron aprobación los antiguos» (Hebreos 11:11-12). La fe de la que se habla en Hebreos, no es una fe en todo lo que no se ve, sino que es concretamente una fe en Dios y lo que Él promete. El que lea todo el capítulo 11 sabe que cuando se dice que la fe es «la convicción de lo que no se ve» se está refiriendo a esas promesas que Dios hizo, y que los antiguos al creerlas, actuaron por fe y fueron aprobados por ello. Porque ser un hombre de fe no quiere decir ser un hombre de supersticiones. La calidad y cantidad de nuestra fe siempre está en relación a la confianza que tenemos en quién es Dios.

Hecha esta aclaración, conviene retomar nuestra pregunta: si hay que ver para creer, ¿por qué estos pasajes parecen sugerir que hay que creer para ver? Digamos que aquí «es cuando la matan»1Es una expresión que intenta señalar que ha llegado el momento más importante. Se deriva de la típica escena de película cuando va a ocurrir un crimen o algo por el estilo y le decimos al que está al lado: «ahora la van a matar, presta atención». así que ¡atención! La respuesta a esta pregunta se encuentra en Mateo 16:1,4: «Entonces los fariseos y los saduceos se acercaron a Jesús, y para ponerle a prueba le pidieron que les mostrara una señal del cielo[…]4 [Jesús les dijo:] Una generación perversa y adúltera busca señal, y no se le dará señal, sino la señal de Jonás. Y dejándolos, se fue. (Mateo 16:1,4; énfasis añadido). Ya lo había advertido, aquí claramente «es cuando la matan». No puedo esconder mi admiración por la potencia de este pasaje. ¿Por qué Jesús relaciona el hecho de que los fariseos y los saduceos pidan una señal con la perversión y adulterio? ¿Cómo es esto posible si las escrituras dicen que las señales están ahí para que los demás crean? ¿Por qué liga el pedir una evidencia a un problema de corazón? Porque el problema que ellos (los fariseos y saduceos) tenían no era falta de señales, sino que «tenían otro amante». Dicho de otro modo, la razón por la cual dudaban de Jesús no era por falta de evidencia intelectual, sino porque sus corazones amaban la aprobación y gloria de los hombres. Aquí no era «necesito ver para creer», aquí era «no quiero creer, aunque vea». Y lo peor es que disfrazaban su adulterio de corazón como si fuera una duda intelectual. A pesar de ello, todavía Jesús les dijo que se les daría la señal de Jonás, la cual se refiere a su resurrección (paralelismo entre Jonás dentro del pez y Jesús dentro de su sepultura). ¡Tremenda la respuesta de Jesús! O como dirían los argentinos: «¡Qué groso Jesús!».

Volviendo al caso de Tomás el incrédulo, ¿qué se puede decir al respecto después de este análisis? Quizá parte de lo que pidió Tomás estaba justificado, en el sentido de que puede ser que él tuviera una necesidad legítima de ver las manos y el costado de Jesús para creer. Pero, tal vez, lo que intenta resaltar Jesús es que Tomás ya había visto suficiente de Jesús, ya le conocía, y, aun así, dudaba. Es por ello que considero que las palabras de Jesús podrían ser parafraseadas de este modo: «Dichosos los que no tienen que ver más señales, y que sin embargo creyeron porque todo este tiempo me han conocido de cerca y se les ha hecho evidente que vengo del Padre». O también: «Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron porque, al no tener un corazón adultero, no tienen necesidad de disfrazar su falta de fe como si fuera una duda intelectual». Personalmente para mi es algo así: «Carlos, dichosos son los que creen sin ver porque han pasado de tener una certeza intelectual en mi basada en milagros a tener una certeza espiritual basada en quién soy yo. Una certeza basada no solamente en ideas, sino en lo relacional; una certeza ya no por conocer acerca de Dios, sino por conocer a Dios, por conocerme a mí».

Y ¿qué tiene que ver todo esto con la pandemia? Tiene todo que ver porque «el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará» (Daniel 11:32b). Sí, se mostrará fuerte y actuará, incluso en tiempos de pandemia. ¿Cómo es esto posible? Es posible porque al haber andado con Dios de cerca y conocer su carácter (sus atributos) confías en que Él nos ama. Pero esto implica conocerle no solamente de un modo intelectual, sino también relacional. Porque no es lo mismo tener ideas sobre el amor de Dios que sentir el amor de Dios. Al igual que no es igual saber que la miel es dulce a saborear que la miel es dulce. Como dice el salmista: «Probad y ved que el SEÑOR es bueno. ¡Cuán bienaventurado es el hombre que en Él se refugia!» (Salmos 34:8, énfasis añadido). Es importante pensar a Dios, entenderlo, pero eso solo es conocimiento muerto si no le probamos. Cuando David menciona «probad» no se refiere a «poner a prueba a Dios» sino a «gustar o saborear a Dios». En este versículo no solo se basta con saber intelectualmente que el Señor es bueno, sino que también hay que saborearlo, hay que experimentarlo afectiva y relacionalmente.

Este tipo de conocimiento produce en el corazón del hombre una certeza espiritual que dice: «Tal vez no entiendo todo, pero no tengo que entenderlo todo para tener fe, porque conozco a Dios, y sé que todo lo que hace es para mi bien». Esto es similar a como nos podemos sentir con alguien en el que confiamos plenamente. Por ejemplo, no tengo una maquina del tiempo para saber si mi esposa me va a traicionar en el futuro, no tengo una certeza empírica; pero tengo una certeza relacional de que ella no va a hacer algo así porque la conozco, porque he visto cómo ha sido hacia mi y hacia los demás y sé que no haría algo así (eso son los votos). Ahora bien, la diferencia con Dios es abismal porque Dios es perfecto y ha entregado a su unigénito por amor a cada uno de nosotros. Ahora bien, esta certeza relacional no implica que no se pueda hacer preguntas o indagar por qué algo como la pandemia pueda ocurrir; lo que esta certeza relacional significa es que, aunque no tengamos todas las respuestas, tampoco hacen falta porque el fundamento de nuestra relación con Dios es Él mismo. Esto nos recuerda a la historia de Job: Dios nunca le dijo directamente que Él permitió a Satanás hacer todo eso, sin embargo, Job no renegó de Dios porque llegó a conocerlo (intelectual y relacionalmente): «He sabido de ti sólo de oídas, pero ahora mis ojos te ven» (Job 42:5).

Con esto finaliza nuestro quinto día de la serie. Mañana vamos a analizar dos ideas fundamentales: la doctrina acerca del dolor y la doctrina acerca del sentido de la vida. Estas dos doctrinas resultan relevantes para el contexto actual en el que vivimos. Nos ayudará a renovar nuestras mentes, para así cambiar el modo en el que pensamos el dolor y el sentido de nuestra existencia. ¡Comparte esto con todo aquel que tenga hambre de respuestas! ¡Hasta mañana! 

Referencias   [ + ]

1. Es una expresión que intenta señalar que ha llegado el momento más importante. Se deriva de la típica escena de película cuando va a ocurrir un crimen o algo por el estilo y le decimos al que está al lado: «ahora la van a matar, presta atención».

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