Serie: Pensando la pandemia a la luz de las escrituras – Día 6

Posted on: abril 10, 2020 Posted by: Carlos Santos Aguirre Comments: 0

Serie: Pensando la pandemia a la luz de las escrituras – Día 6

2. ¿Cuál debe ser nuestra actitud y ejemplo como cristianos en días de pandemia?

2.2 La doctrina del dolor y el sentido de la vida

¡Bienvenido a la serie bíblica sobre la pandemia! Hoy es el sexto día de la serie (día 6 de 8). A lo largo de estos días vamos a intentar  pensar la pandemia a la luz de las escrituras. Si quieres saber todos los puntos que vamos a tocar cada día pincha aquí Hoy vamos a analizar dos ideas fundamentales: la doctrina acerca del dolor y la doctrina acerca del sentido de la vida.  ¡Entremos al tema!

La doctrina del dolor

La experiencia del dolor puede ser el medio a través del cual algunos forjan un carácter íntegro, pero también puede ser el motivo por el cual otros se quedan estancados en el pasado sin ser capaces de recobrar las ganas de vivir y seguir adelante. Cuando ocurren tragedias es muy difícil resistir la tentación de buscar culpables o soluciones a nuestro dolor. Es como si, por un momento, pensáramos que obtener explicaciones va a parar el sufrimiento. Pero esto indica que no hemos aprendido a lamentar y abrazar el dolor como por ejemplo lo hace Jeremías en Lamentaciones a través de su poesía. El error está en entender que lo opuesto a estar lleno de fe es no estar triste o roto. Pero esto no lo vemos en la Biblia, incluso Pablo al describir su ministerio lo articula con una frase muy paradójica: «como entristecidos, pero siempre gozosos» (2 Corintios 6:10).  

De forma abrupta el evangelio de Juan dice: «Jesús lloró». Pero ¿por quién lloró? por Lázaro. Ya le habían avisado días antes: «Señor, mira, el que tú amas está enfermo» (Juan 11:3). Y días después al llegar, y al ver la gente que el hijo de Dios lloraba por Lázaro, algunos decían: «¿No podía este, que abrió los ojos del ciego, haber evitado también que Lázaro muriera?» (Juan 11:37). Esto recuerda a lo que narra Miguel de Unamuno, en su libro Del sentimiento trágico de la vida1Unamuno, M. d. (2013). Del sentimiento trágico de la vida. Madrid: Alianza Editorial., «Un pedante que vio a Solón2Solón fue uno de los Siete Sabios de Grecia. llorar la muerte de un hijo, le dijo: “¿Para qué lloras así, si eso de nada sirve?”» Y el sabio le respondió: “Por eso precisamente, porque no sirve”» (pág. 44). Incluso Jesús que más tarde resucitó a su amigo, lloró por él. Y así sigue Unamuno: «No basta curar la peste, hay que saber llorarla. ¡Sí hay que saber llorar!» (pág. 45). Y ante esto, yo me uno a decir «no basta curar la pandemia, hay que saber llorarla» porque llorar la pandemia, llorar a los nuestros, es saber que hemos amado y que el amor es sufrido. ¿Qué podemos aprender de Jesús? Jesús, a pesar de saber que le iba a resucitar, es decir, a pesar de tener la solución, lloró la muerte de su amigo porque le amaba. Es decir, Jesús vio el sufrimiento como una parte del amor, como una experiencia más que forma parte de la relación cercana que tenía con Lázaro. Jesús vio el sufrimiento como parte de la vida.

En nuestra época actual la gente evita el sufrimiento a toda costa y, sin embargo, busca el placer con todo, aunque eso signifique hacer sufrir a otros. Se ha tratado el sufrimiento como si fuera siempre malo. Pero si verdad se detiene uno a pensar el dolor, se da cuenta que esta experiencia no es ni buena ni mala en sí misma. El dolor será bueno o malo siempre en relación a algo externo a él. Cuando alguien menciona la palabra «aquí», eso en sí mismo no habla de ningún lugar en concreto. El lugar concreto se deduce por el contexto del hablante, si dice «aquí» estando en Madrid, pues «aquí» tendrá por significado Madrid, pero no ocurriría lo mismo si la persona que lo dice está en Toledo. Por consiguiente, «aquí» no es un lugar en sí mismo, sino que es un lugar siempre en relación a algo. Del mismo modo ocurre con el dolor. Pongamos por caso el dolor que un personal médico infringe o provoca a una mujer dando a luz por hacerle una cesárea. Se puede pensar también en el dolor que provoca el bisturí al abrir la piel para eliminar un tumor. Esos dolores se consideran “buenos” y necesarios porque la consecuencia es algo que se desea. Pero el dolor es “bueno” en relación a la consecuencia que trae consigo. Asimismo, ocurre con los dolores “malos”: el dolor que provoca un padre abusivo al golpear a su familia o el dolor emocional que uno siente a causa del adulterio. No es arbitrario que muchas veces se trate el dolor como sinónimo de “malo”, ya que los pecados que cometemos contra nuestro prójimo incrementan el dolor que padecen. No obstante, de nuevo observamos que para llamar a ese dolor “malo” se tiene un criterio externo a la experiencia mismo del dolor. En consecuencia, se puede concluir que el dolor o el sufrimiento no es intrínsecamente malo. Dicho de otra manera, el dolor no es en sí mismo malo, sino que será considerado de un modo o de otro dependiendo del contexto.

Volviendo al pasaje de Jesús y Lázaro, cabe preguntarse lo siguiente: ¿cuál es el rol o el papel del dolor en el contexto de personas que enferman y mueren? En este sentido el dolor que sentimos al ver morir a alguien y vivir sin su presencia es proporcional a cuánto nos haya importado esa persona y cuánto la hayamos amado. Mientras más grande nuestro amor, más grande nuestra capacidad de sentir dolor. Ahora bien, el dolor que se siente durante el duelo no es bueno ni malo, es amoral, es parte de la vida misma. Si se quiere, se puede hablar de un dolor bueno porque se da en el contexto del amor. Amar siempre es sufrido ya sea que esté la persona viva o muerta. No se debe intentar moralizar el dolor o el luto. No se debe tratar de ver si es bueno o malo. Como ya se ha tratado de demostrar antes, el dolor es amoral al igual que puede ser el tener sueño o hambre. No conozco a nadie que me haya preguntado si tener hambre es moralmente malo o bueno, tampoco lo han hecho con el sueño. Es muy difícil cambiar nuestra perspectiva sobre el dolor porque se nos ha vendido un mundo fantasioso de placer en el que, si la vida vale algo, es por el placer y la comodidad que ofrece. Pero esto no es otra cosa que una grosera tergiversación y negación del amor cristiano. Esto se explorará en el siguiente apartado.

 

El sentido de la vida

En las escrituras se puede ver que la vida ni la salud es un fin en sí mismo. Si la vida tiene algún valor no es por lo que ella ofrece en términos de bienestar y placer, sino porque es un vehículo o medio para conocer y amar a Dios, y amar a nuestro prójimo (Marcos 12:30-31). En síntesis, la vida está ahí para amar y ser amado. Tiene un valor que se mide por la calidad de sus relaciones. Ni siquiera el perdón de los pecados ni la salvación es un fin en sí mismo, sino un medio para poder tener una relación con Dios, que en eso consiste la vida eterna: conocer al único Dios verdadero (Juan 17:3). Dicho de otro modo, si el perdón de pecados y la salvación son doctrinas centrales, lo son porque a través de ser perdonados y salvados podemos entrar en una relación con Dios. Antes nuestros pecados eran obstáculos porque Dios es Santo y no podíamos entrar en su presencia. Por eso Cristo murió por nuestros pecados. Pero, de nuevo, el valor de estas doctrinas está en relación a una finalidad, la cual es relacional. Esto nos revela que preservar nuestra vida y buscar estar sanos solo tiene sentido o valor si lo usamos para amar y ser amados. Pero si por causa de este amor, somos llamados a entregar nuestras vidas, que así sea. Porque el amor es un valor superior a la vida misma; el aspecto relacional es el fin en sí mismo, y la vida tan solo un medio para ello.

Hay muchos teólogos que sostienen que el dolor experimentado en un mundo caído es consecuencia del pecado de Adam. Puede ser cierto, pero, a mi parecer, la razón por la cual en el cielo no habrá más «muerte, duelo, clamor y dolor» (Apocalipsis 21:4) es porque esto es una sombra de lo que ha de venir o como lo dice la escritura: «porque las primeras cosas habrán pasado». Gran parte de ese duelo, clamor y dolor es causado por ver irse a los que amamos y sentir su ausencia. No obstante, en el nuevo orden de cosas, cuando las viejas cosas hayan pasado, no habrá más este sufrimiento porque habrá plena comunión relacional en amor, y porque ya no veremos morir a nadie. Por esto, el fin de la vida es este amor que ofrece una verdadera comunión con Dios y con el prójimo. Y en este sentido, hemos sido creados para amar. Es a la luz de estas escrituras que sostengo que el fin o sentido de esta vida no es ser feliz3La felicidad es un mito si está aislado de su componente relacional. Claramente el amar y ser amado trae un gozo profundo que tiene por objeto o contenido la persona amada. Lo que aquí se critica es esa felicidad psicológica sin ningún otro fin que “sentirse bien”. sino amar y ser amado.

Con esto finaliza nuestro sexto día de la serie. Mañana vamos a analizar dos maneras principales en las que podemos ministrar o servir a otros en el dolor. Estas dos doctrinas resultan relevantes para el contexto actual en el que vivimos. ¡Comparte esto con todo aquel que tenga hambre de respuestas! ¡Hasta mañana! 

Referencias   [ + ]

1. Unamuno, M. d. (2013). Del sentimiento trágico de la vida. Madrid: Alianza Editorial.
2. Solón fue uno de los Siete Sabios de Grecia.
3. La felicidad es un mito si está aislado de su componente relacional. Claramente el amar y ser amado trae un gozo profundo que tiene por objeto o contenido la persona amada. Lo que aquí se critica es esa felicidad psicológica sin ningún otro fin que “sentirse bien”.

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