Conclusión

Hemos llegado al final de nuestra serie. Quizá resulte conveniente, a modo de conclusión, hacer un repaso de las cosas que se han extraído de las dos grandes preguntas que se han tratado de responder: (1) ¿Podría considerarse la pandemia como un acto de Dios dado que Él está en control? (2) ¿Cuál debe ser nuestra actitud y ejemplo como cristianos en días de pandemia? Estas preguntas no han sido otra cosa que tener cuidado con nuestra vida y doctrina (1 Timoteo 4:16). Si se me preguntara qué enseñanzas esenciales se puede extraer de ambas preguntas, diría lo siguiente:

a) Sobre la pregunta 1: nadie, excepto Dios, puede decir exactamente por qué algo como la pandemia puede suceder. Esto se complica más al reconocer la diferencia entre causar algo y permitir algo. Otra capa de dificultad es la motivación o intención de Dios. Es fácil poner a Dios en una caja para controlarlo con nuestra capacidad racional, esto se ve en las dicotomías que establecemos: ¿predestina o no predestina? ¿lo causa todo o no causa nada? ¿van todos al cielo o van todos al infierno? Si bien es verdad que hay que intentar amar a Dios con todo, lo cual implica nuestro intelecto también, debemos ser prudentes con conclusiones rotundas que puedan distorsionar el carácter de Dios. Decir que Dios hace algo por X razón puede ser peligroso si es sobre un tema no tan claro; no sea que Dios nos diga lo que le dijo a los amigos de Job por atribuir a Dios motivos que en realidad eran falsos: «Se ha encendido mi ira contra ti [Elifaz] y contra tus dos amigos, porque no habéis hablado de mi lo que es recto…» (Job 42:7). Sus amigos le habían dicho a Job que lo que le ocurría era por su pecado, pero esto no es verdad dado que sabemos que fue porque Dios tenía confianza en que Job no le iba a traicionar aunque Satanás le quitara todo.

b) Sobre la pregunta 2: no es lo mismo conocer a Dios de un modo intelectual a conocerlo de un modo relacional. Es importante tener una concepción correcta sobre Dios, pero no a expensas de un corazón pequeño. Del mismo modo hay que evitar experiencias místicas sobre Dios que se basan en nuestras emociones sin coincidir con Su carácter. Conocerlo de un modo personal produce una certeza espiritual que nos ayudará a no negar nuestro fundamento: Dios mismo. Esto puede ser así porque sabemos que Él ama a todos, y sus juicios son justos, incluso cuando no entendamos lo que hace o lo que permite. También analizamos cuál debe ser nuestra actitud ante el dolor y ante la vida. Se argumentó que el dolor es una experiencia amoral, que no es ni buena ni mala en sí mismo. Si podemos hablar de un dolor bueno o un dolor malo, siempre es en relación con algo más. Por ejemplo: el dolor que sentimos al ver morir a un ser querido es un dolor bueno porque muestra que no ha habido indiferencia y que esa persona nos importa. En este sentido, el dolor es parte del amor. Además, se mostró por qué la vida no es un fin en sí mismo, sino un vehículo para amar y ser amado. A la luz de esto, se hizo alusión a cómo servir a otros en tiempos de pandemia. La Biblia no nos llama a «no sufrir» ni «no llorar», sino todo lo contrario. Lo que si se nos pide como cristianos es a no temer porque el temor paraliza nuestro amor, pero el sufrimiento no. Porque mientras mayor es nuestra capacidad de amar, mayor será nuestra capacidad de sentir dolor. Ahora bien, esto no garantiza que tendremos las palabras correctas para consolar, por eso hay que ser sabios y solo decir aquello que imparte gracia y edifica a las personas que sufren.

¡Muchas gracias por haber llegado hasta aquí! Espero que haya sido de mucha bendición y haya añadido valor a tu vida. Ha sido un placer explorar estos temas contigo. ¡Al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a Él sea honor y gloria por los siglos de los siglos! Amén.

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